POR: RAÚL FRAGA JUÁREZ

13 abril 2026

COLUMNA INVITADA

La libertad de expresión en México, ese derecho sagrado blindado por los artículos 6° y 7° constitucionales, atraviesa hoy uno de sus pasajes más sinuosos. Con la llegada de la Cuarta Transformación en 2018, el ecosistema mediático no solo cambió de interlocutor en Palacio Nacional, sino que se estrelló de frente con una realidad de crisis acumuladas que hoy alcanzan puntos de ebullición alarmantes.

El triunfo de Andrés Manuel López Obrador no solo significó un cambio de régimen, sino el inicio de un pulso constante entre el poder político y una prensa que arrastra sus propios fantasmas. El ascenso de Claudia Sheinbaum, como la primera Presidenta de la República en la historia nacional, en el llamado segundo piso de la gestión federal de la 4T, no cambió la espiral de presiones, tensiones y agresiones en contra de los informadores.

A 18 meses de haber iniciado el nuevo gobierno, la relación entre el poder presidencial, la sociedad y el ecosistema mediático no solo no se ha enfriado, sino que ha mutado hacia una complejidad técnica y política sin precedentes. La gestión de la mandataria Claudia Sheinbaum mantiene el modelo de comunicación directa desde Palacio Nacional, ahora bajo el sello de la «Mañanera del Pueblo», un espacio que sigue marcando el pulso de la agenda pública, pero bajo nuevas reglas de interacción.

Los tres vértices del conflicto

  1. El Poder Presidencial y la «Mañanera del Pueblo»: El modelo de comunicación matutina se ha institucionalizado. Si bien la Presidenta Sheinbaum ha buscado un tono de mayor defensa hacia los medios alternativos e independientes, el espacio sigue siendo una plataforma de poder palaciego que genera fricciones constantes con la prensa tradicional. La retórica del «respeto» convive con una maquinaria de propaganda que, para muchos críticos, ha derivado en lo que llaman la «Ley Censura», un intento por controlar contenidos bajo el pretexto de democratizar el ecosistema digital.
  2. El poder de la sociedad: entre la participación y la polarización: Con una base de usuarios de internet que ya supera los 110 millones, la sociedad mexicana ejerce un poder de vigilancia masivo, pero fragmentado. Las comunidades digitales ahora cuentan con mayores herramientas para auditar la «cosa pública», pero también son el terreno fértil para campañas de desinformación. La desconfianza hacia las instituciones sigue siendo alta, y los ciudadanos exigen una transparencia que a veces choca con la opacidad de los datos oficiales.
  3. El poder mediático: crisis estructural y nuevos jugadores: Los medios clásicos enfrentan su hora más oscura. A la crisis financiera y de credibilidad que heredaron, se suma ahora un acoso judicial creciente. El informe anual de la ONG Un Mundo Sin Mordaza advierte que en 2026 las agresiones no solo son físicas, sino legales, con un aumento en la criminalización de voces críticas que buscan silenciar investigaciones mediante procesos judiciales sin garantías. 

El diagnóstico es crudo: el periodismo mexicano navega entre cinco tormentas perfectas que amenazan con desmantelar la civilidad política: Primero, la crisis de credibilidad. Una sociedad más culta y participativa ya no compra verdades a medias; hoy el ciudadano es observador y juez de los excesos de los altos elencos de la clase política. A esto se suma la crisis tecnológica: el periodismo digital y las TIC han democratizado la información en tiempo real, pero también han abierto la puerta a «comunicadores» sin rigor que inundan las redes con contenido parasitario.

En lo económico, el panorama es desolador. La crisis financiera derivada del desplome de los medios impresos y el recorte de la publicidad oficial ha dejado a muchas casas editoriales en la orfandad material. Pero nada es más doloroso que la crisis de violencia que golpea y tiñe de luto al gremio informativo donde las balas —provenientes tanto del crimen organizado como de autoridades de los tres niveles— intentan silenciar la verdad.

Finalmente, la crisis política se cocina cada mañana. Desde el púlpito de «la mañanera», el Ejecutivo Federal despliega un juego ambivalente: por un lado, el discurso del respeto a la libertad de prensa; por el otro, la descalificación sistemática y el señalamiento con nombre y apellido a quienes cuestionan el estado de las cosas.

El desgaste es natural. Como bien señalan algunos estudiosos del periodismo, la formación de nuevos cuadros en las más de mil escuelas de comunicación en el país parece insuficiente ante reglas del juego que cambian a la velocidad de la fibra óptica. Con una cantidad de usuarios de Internet que ya supera los 110 millones en México (los indicadores actualizados se conocerán el 17 de mayo, Día Mundial de las Telecomunicaciones y de la Sociedad de la Información), el acceso al acontecer informativo es más amplio que nunca, pero el riesgo de la desinformación y el ataque frontal es igualmente vasto.

Durante el sexenio lopezobradorista, la sobreexposición mediática de la figura presidencial, sus ocurrencias y la confrontación cotidiana contaminaron en telón de fondo de la interrelación entre el poder político, el poder de una sociedad cada vez más activa, y -como valioso interlocutor-, el poder mediático, lo que ha influido negativamente en la convivencia social. En el México de la 4T, la libertad de expresión es parte de la narrativa, pero, a la par, es una trinchera de alto riesgo.

¿Podrá el periodismo mexicano sobrevivir a sus propias crisis mientras resiste los embates de un poder que lo ve como adversario? La moneda está en el aire, y el costo se mide en tinta y, lamentablemente, en sangre y en vidas truncadas.

La libertad de expresión en México ha dejado de ser un derecho garantizado por la Constitución para convertirse en una disciplina de alto riesgo. Hoy día, los artículos 6° y 7° de la Constitución parecen letra muerta frente a una embestida sistemática que busca, no informar, sino someter.

Desde aquel 2018 en que Andrés Manuel López Obrador tomó las llaves de Palacio Nacional, el ecosistema de medios no solo ha enfrentado sus crisis históricas; se ha topado con un paredón ideológico. El diagnóstico es devastador y los crecientes desafíos para la labor de los informadores confirma, con sangre, que el periodismo mexicano está bajo fuego.

La violencia contra la prensa ya no se ve como un fenómeno aislado, sino como una crisis estructural que afecta el libre ejercicio informativo. En este 2026, la «estigmatización desde el poder» sigue siendo el combustible que alimenta la hostilidad en las regiones más peligrosas del país. 

El México de hoy, en vísperas del Mundial de Fútbol 2026 (para cuya inauguración solo faltan dos meses), se encuentra bajo la lupa internacional por la imparable violencia delictiva.

La tormenta no ha pasado; solo ha cambiado de forma, recordándonos que, sin una prensa libre de presiones políticas y criminales, la democracia mexicana sigue operando bajo un hilo constitucional que se tensa día con día. 

oooOooo